Los ensayos

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a | Decía Cleómenes que cualquier mal que pudiera hacerse a los enemigos en una guerra estaba por encima de la justicia, y no sujeto a ella, tanto para los dioses como para los hombres. Y, cuando concertó una tregua con los argivos por siete días, la tercera noche los atacó mientras dormían, y los derrotó, alegando que en la tregua no se había hablado de las noches. Pero los dioses vengaron esta pérfida sutileza.[4] c | Mientras parlamentaban y se entretenían hablando de garantías, la ciudad de Casilino fue tomada por sorpresa,[5] y ello ocurrió, sin embargo, en los siglos que vieron a los capitanes más justos y la más perfecta milicia romana. No se ha dicho, en efecto, que no nos esté permitido, en su momento y lugar, valernos de la necedad de nuestros enemigos, como nos valemos de su cobardía. Y, sin duda, la guerra tiene por naturaleza muchos privilegios razonables en perjuicio de la razón; y aquí falla la regla Neminem id agere ut ex alterius praedetur inscitia[6] [No buscar sacar provecho de la ignorancia ajena]. Pero me asombra la extensión que les atribuye Jenofonte —autor de extraordinaria importancia en tales cosas, como gran capitán, y filósofo entre los primeros discípulos de Sócrates—, con sus palabras y mediante varias acciones de su emperador perfecto.[7] Y no estoy de acuerdo en la medida de su dispensa en todo y por todo.



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