Los ensayos
Los ensayos b | Alguno, para alcanzar la pobreza, arrojó sus escudos en este mismo mar que tantos otros exploran por todas partes para pescar riquezas.[85] Dice Epicuro que ser rico no alivia sino cambia las necesidades.[86] En verdad, no es la escasez, sino más bien la abundancia lo que produce la avaricia. Quiero contar mi experiencia en torno a este asunto. Tras dejar atrás la infancia, he vivido tres situaciones distintas. En un primer momento, que duró cerca de veinte años, me las arreglé con medios puramente fortuitos, y dependiendo de órdenes y ayudas ajenas, sin cargo fijo ni regla. Mi gasto se producía con tanta mayor alegría y despreocupación cuanto que estaba todo en manos de la veleidad de la fortuna. Nunca estuve mejor. Jamás he encontrado cerrada la bolsa de mis amigos. Me había impuesto, por encima de cualquier otra obligación, la de no incumplir el plazo en el que me había comprometido a pagar, el cual me han alargado mil veces al ver mi esfuerzo por satisfacerlos, de manera que practicaba una lealtad ahorrativa y un poco engañosa. Siento cierto placer natural al pagar, como si descargara mis hombros de un fardo enojoso y de la imagen de la esclavitud. Por lo demás, hay cierta satisfacción que me halaga en hacer una acción justa y en contentar a los demás. Exceptúo los pagos en los que se precisa regatear y echar cuentas, pues si no encuentro alguien al que confiar esa misión, los difiero insolente e injustamente en la medida que me es posible, por miedo a tal disputa. Mi talante y mi forma de hablar son del todo incompatibles con ella. Nada odio tanto como regatear. Es una mera negociación de trapacería y de impudicia. Después de una hora de debate y regateo, uno y otro abandonan su palabra y sus juramentos por una mejora de cinco sueldos.