Los ensayos

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a | En efecto, como dice Cicerón, los mismos que lo combaten quieren también que los libros que escriben sobre el asunto estén encabezados por su nombre, y pretenden adquirir gloria por haberla desdeñado.[4] Todo lo demás es objeto de tráfico. Prestamos bienes y vidas en caso que nuestros amigos los necesiten; pero compartir el propio honor y entregar a otro la propia gloria, raramente se ve. Catulo Lutacio, en la guerra contra los cimbrios, tras hacer todos los esfuerzos para detener a sus soldados, que huían ante los enemigos, se mezcló él mismo con los que escapaban y se fingió cobarde, para que parecieran seguir a su capitán en vez de huir del enemigo.[5] Eso era tanto como renunciar a su reputación para encubrir la vergüenza de otros. Cuando Carlos V penetró en Provenza, el año 1537, se dice que Antonio de Leiva, viendo al emperador resuelto a la expedición, y considerando que le reportaría extraordinaria gloria, mantuvo sin embargo una opinión contraria y se la desaconsejó. Lo hizo para que toda la gloria y honor de la decisión recayeran en su amo, y para que se dijese que su buen juicio y previsión habían sido tales que, en contra de la opinión de todos, había llevado a cabo tan hermosa empresa —lo cual era honrarlo a sus expensas—.[6] Los embajadores tracios, consolaban a Argileónide, madre de Brásidas, de la muerte de su hijo, y lo ensalzaban hasta decir que tras él no quedaba nadie igual. Ella rechazó este elogio privado y particular para dirigirlo a la comunidad: «No me digáis eso», replicó, «yo sé que la ciudad de Esparta dispone de muchos ciudadanos más grandes y valientes que él».[7] En la batalla de Crecy, el príncipe de Gales, aún muy joven, dirigía la vanguardia. Como la principal violencia del enfrentamiento se produjo ahí, los señores que le acompañaban, viéndose envueltos en un duro lance de armas, mandaron decir al rey Eduardo que se acercara a socorrerles. Éste preguntó por la situación de su hijo y, al responderle que estaba vivo y montaba a caballo, dijo: «Le perjudicaría si fuese ahora a arrebatarle el honor de la victoria en un combate que ha sostenido tanto tiempo; sea cual fuere el riesgo, será toda suya». Y no quiso acudir ni enviar a nadie, a sabiendas de que, de haber ido, se habría dicho que todo estaba perdido sin su auxilio, y le habrían atribuido la excelencia de la gesta.[8] c | Semper enim quod postremum adiectum est, id rem totam uidetur traxisse[9] [En efecto, es siempre el último refuerzo el que parece decidir todo el asunto].


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