Los ensayos
Los ensayos b | Muchos creían en Roma, y se decía habitualmente que las principales gestas de Escipión se debían c | en parte b | a Lelio. Éste, sin embargo, siempre promovía y apoyaba la grandeza y la gloria de Escipión, sin ninguna preocupación por las suyas.[10] Y Teopompo, rey de Esparta, replicó a uno que le decía que el Estado se mantenía firme porque sabía mandar bien: «No es eso, sino que el pueblo sabe obedecer bien».[11] c | Las mujeres que heredaban el título de par tenían, no obstante su sexo, el derecho a asistir y opinar en las causas que corresponden a la jurisdicción de los pares. De la misma manera, los pares eclesiásticos, no obstante su profesión, estaban obligados a asistir a nuestros reyes en sus guerras, no sólo con sus amigos y servidores, sino también en persona. Así, el obispo de Beauvais, que se hallaba junto a Felipe Augusto en la batalla de Bouvines, participó con gran valor en la acción, pero le pareció que no debía tocar el provecho y la gloria de este ejercicio sanguinario y violento. Ese día subyugó con sus propias manos a numerosos enemigos, pero los entregaba al primer gentilhombre que veía para que los degollase o capturara, cediéndole toda la ejecución. Y así lo hizo con Guillermo, conde de Salisbury, al señor Jean de Nesle. Con una sutileza de conciencia semejante a este otro: no rehusaba matar, pero no quería herir, y por tanto luchaba sólo con la maza.[12] Alguien, en estos días, al reprocharle el rey que hubiera puesto las manos sobre un sacerdote, lo negaba con fuerza y firmeza: le había golpeado y pisado con los pies.