Los ensayos
Los ensayos a | ¿No veo acaso que el rey malo y el bueno, el aborrecido y el amado, tienen lo mismo? Mi predecesor era servido con las mismas apariencias, con la misma ceremonia, y lo será mi sucesor. Que mis súbditos no me ofendan no prueba ningún buen sentimiento. ¿Por qué voy a entenderlo de ese modo, si aunque quisieran ofenderme no podrían? Nadie me sigue porque entre él y yo haya amistad, pues no puede trabarse amistad donde existe tan poca relación y correspondencia. Mi elevación me ha arrebatado el trato con los hombres; la disparidad y la desproporción son demasiado grandes.[50] Me siguen por fingimiento y por costumbre, o, más que a mí, a mi fortuna, para aumentar la suya. Todo lo que me dicen y hacen no es sino disfraz. Dado que mi gran poder sobre ellos frena su libertad por todos lados, nada veo en torno mío que no esté oculto y enmascarado. Un día los cortesanos loaban al emperador Juliano por su buen desempeño de la justicia: «De buena gana me enorgullecería de estas alabanzas», dijo, «si procediesen de personas que osaran denunciar o reprobar mis acciones cuando fueran contrarias».[51] b | Todas las verdaderas ventajas de que gozan los príncipes, las comparten con los hombres de mediana fortuna —montar caballos alados y alimentarse de ambrosía es propio de dioses—. No tienen otro sueño y otro apetito que el nuestro; su acero no es de mejor temple que aquél con el cual nos armamos nosotros; la corona no les protege ni del sol ni de la lluvia. Diocleciano, que era portador de una tan venerada y dichosa, renunció a ella para retirarse en el placer de una vida privada; y cuando, cierto tiempo después, la necesidad de los asuntos públicos exigía de él volver a asumir el cargo, respondió a quienes se lo pedían: «No trataríais de convencerme si hubierais visto el hermoso orden de los árboles que yo mismo he plantado en mi casa, y los hermosos melones que he sembrado».[52] En opinión de Anacarsis, el estado más feliz de una sociedad sería aquel en el cual, siendo las demás cosas iguales, la primacía se midiera por la virtud, y la bajeza por el vicio.[53]