Los ensayos

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CAPÍTULO VIII

LA OCIOSIDAD

a | Vemos que las tierras ociosas, si son ricas y fértiles, rebosan de cien mil clases de hierbas salvajes e inútiles, y que, para mantenerlas a raya, es preciso someterlas y dedicarlas a determinadas semillas para nuestro servicio.[1] Y vemos asimismo que las mujeres producen por sí mismas molas y pedazos de carne informes, pero que, para efectuar una generación buena y natural, hay que ocuparlas con otra semilla.[2] Lo mismo ocurre con los espíritus. Si no los ocupamos en un asunto determinado que los refrene y obligue, se lanzan en desorden, a diestro y siniestro, por el vago campo de las imaginaciones:

b | Sicut aquae tremulum labris ubi lumen ahenis

sole repercussum, aut radiantis imagine Lunae

omnia peruolitat late loca, iamque sub auras

erigitur, summique ferit laquearia tecti.[3]

[Como en un vaso de bronce la luz temblorosa del agua que refleja el sol o la imagen de la luna revolotea a lo lejos, surge en el aire y golpea los artesonados de los techos más altos].

a | Y no hay locura ni desvarío que no produzcan en tal agitación,

uelut aegri somnia, uanae

finguntur species.[4]


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