Los ensayos
Los ensayos a | La manera en que nuestras leyes intentan regular los gastos insensatos y vanos en mesas y vestidos parece ser contraria a su fin. El verdadero medio consistiría en engendrar en los hombres desdén por el oro y la seda como cosas vanas e inútiles; pero acrecentamos su honor y valía, lo cual es una manera muy inepta de quitar el deseo a los hombres. En efecto, decir que sólo los príncipes c | comerán rodaballo, y a | podrán llevar terciopelo y cordón de oro, y prohibirlo al pueblo, ¿qué es sino dar crédito a estas cosas, y avivar el ansia de todos por usarlas? Que los reyes osen renunciar a estos signos de grandeza, ya tienen otros suficientes. Tales excesos son más excusables en cualquiera que en un príncipe. Del ejemplo de muchas naciones podemos aprender bastantes maneras mejores de distinguirnos exteriormente, y de distinguir nuestros grados —cosa que estimo en verdad muy necesario en un Estado—, sin alimentar para ello esta corrupción e inconveniencia tan evidentes. Es asombrosa la facilidad y rapidez con que la costumbre asienta el pie de su autoridad en estas cosas indiferentes. Apenas estuvimos doce meses llevando paño en la corte, a raíz del luto por el rey Enrique II,[1] y lo cierto es que ya, en opinión de todo el mundo, las sedas habían caído en tal vileza que, si veías a alguien vestido con ellas, lo considerabas al instante un burgués.[2] Les habían caído en suerte a los médicos y cirujanos; y, aunque todo el mundo vistiera más o menos igual, había por lo demás suficientes distinciones aparentes de las cualidades de los hombres. b | ¡Con qué rapidez se vuelven honorables en nuestros ejércitos los mugrientos jubones de gamuza y tela, y suscitan reproche y desprecio los vestidos ricos y elegantes!