Los ensayos

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b | Era una manera muy útil de atraer a los hombres, por honor y ambición, al deber y a la obediencia. Nuestros reyes lo pueden todo en tales reformas externas; su inclinación vale como ley. c | Quidquid principes faciunt, praecipere uidentur.[5] [Lo que los príncipes hacen, parecen prescribirlo]. b | El resto de Francia adopta como regla la regla de la corte.[6] Que se cansen de esa abyecta bragueta que muestra tan al descubierto nuestros miembros ocultos; de ese pesado engrosamiento de jubones que nos hace muy diferentes de lo que somos, tan incómodo para armarse; de esas largas trenzas de pelo afeminadas; de esa costumbre de besar lo que presentamos a nuestros compañeros y nuestras manos al saludarlos, ceremonia en otro tiempo debida tan sólo a los príncipes; y de que un gentilhombre se encuentre en lugar de respeto sin una espada a su lado, completamente desaliñado y desabrochado, como si viniera del retrete; y de que, contra la manera de nuestros padres y la particular libertad de la nobleza de este reino, mantengamos la cabeza descubierta a gran distancia en torno suyo, estén donde estén —y como en torno suyo, en torno a cien más, tantos tercios y cuartos de reyes tenemos—;[7] y lo mismo de otras semejantes disposiciones nuevas y viciosas: se verán de inmediato desvanecidas y desprestigiadas. Se trata de errores superficiales, pero aun así con mal pronóstico; y cuando vemos que el revestimiento y la encostradura de nuestros muros se resquebrajan, estamos advertidos de que la construcción se deteriora.


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