Los ensayos

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En los escudos de armas no hay más seguridad que en los nombres. Yo llevo en el mío azur sembrado de tréboles dorados, con una pata de león del mismo color, adornada con gules, puesta en faja.[13] ¿Qué privilegio posee esta figura para que permanezca particularmente en mi casa? Un yerno la trasladará a otra familia; algún pobre comprador hará de ella su primer escudo: no hay cosa donde se den tantos cambios y tanta confusión.

a | Pero esta consideración me lleva por fuerza a otro campo. Examinemos un poco de cerca y miremos, por Dios, a qué fundamento ligamos esta gloría y reputación por la que el mundo se desquicia. ¿Dónde asentamos este renombre que perseguimos con tanto esfuerzo? Es en suma «Pedro» o «Guillermo» quien lo soporta, lo custodia y es afectado por él. c | ¡Oh, qué facultad más animosa la esperanza, que, en un sujeto mortal y en un momento, se arroga la infinidad, la inmensidad,[14] y colma la indigencia de su dueño con la posesión de todas las cosas que puede imaginar y desear, a su antojo! La naturaleza nos ha dado con ella un juguete divertido. a | Y este «Pedro» o «Guillermo», ¿qué es sino una voz para todo?, ¿o tres o cuatro trazos de pluma, en primer lugar tan fáciles de alterar que preguntaría gustosamente a quién corresponde el honor de tantas victorias, a Guesclin, Glesquin o Gueaquin?[15] Habría mucho más motivo aquí que en Luciano, en el cual la Σ le puso un pleito a la T,[16] pues


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