Los ensayos

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Considerando cuán importante es la supervivencia del jefe de un ejército, y que el objetivo del enemigo se dirige principalmente a esta cabeza, a la que están sujetas y de la que dependen todas las demás, parece imposible poner en duda la resolución, según vemos adoptada por muchos grandes jefes, de disfrazarse y embozarse en el momento de la lucha. Sin embargo, se incurre así en un inconveniente no menor que el que se cree evitar. En efecto, cuando los hombres no reconocen a su capitán, pierden al mismo tiempo el valor que extraen de su ejemplo y de su presencia, y, al dejar de ver sus distintivos e insignias habituales, le creen o muerto o huido porque ha desesperado del lance. Y, en lo que se refiere a la experiencia, vemos que en ocasiones favorece una opción, en ocasiones otra. Lo que le sucedió a Pirro en la batalla que libró contra el cónsul Lévino en Italia nos sirve tanto para uno como para otro punto de vista. Por haber querido esconderse bajo las armas de Megacles y haberle dado a éste las suyas, salvó sin duda la vida, pero también estuvo a punto de caer en la desventura de perder la batalla.[19] c | A Alejandro, César, Lúculo les gustaba distinguirse en el combate mediante ricos atavíos y armas, de color refulgente y particular.[20] Por el contrario, Agis, Agesilao y el gran Gílipo iban a la guerra cubiertos oscuramente y sin galas de mando.[21]



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