Los ensayos
Los ensayos a | A nadie le cuadra menos ponerse a hablar sobre la memoria. En efecto, casi no reconozco traza alguna de ella en mÃ, y no creo que haya otra en el mundo tan extraordinaria en flaqueza.[1] Mis restantes caracterÃsticas son viles y comunes, pero en ésta creo ser singular y rarÃsimo, y digno de adquirir nombre y reputación.[2] b | Además del inconveniente natural que sufro por este motivo —c | pues ciertamente, dado lo necesaria que es, Platón tiene razón cuando la llama grande y poderosa divinidad—,[3] b | si en mi paÃs se quiere decir que un hombre carece de juicio, se dice que no tiene memoria, y cuando me quejo del defecto de la mÃa, me riñen y no me creen, como si me acusara de ser insensato. No ven diferencia alguna entre memoria y entendimiento. Es una manera de empeorar mi caso. Pero me perjudican, ya que se ve por experiencia más bien lo contrario: que las memorias excelentes suelen ir unidas a juicios débiles.[4] Me perjudican también, a mà que nada sé hacer tan bien como ser amigo, en esto: que las mismas palabras que delatan mi enfermedad expresan la ingratitud. Echan en cara mi sentimiento a mi memoria, y de un defecto natural hacen un defecto de conciencia. Ha olvidado, dicen, tal ruego o tal promesa; no se acuerda de sus amigos; no se ha acordado de decir o de hacer o de callar esto por amor a mÃ. Es cierto que puedo olvidar fácilmente, pero descuidar el encargo que me ha encomendado mi amigo no lo hago. Que se contenten con mi miseria, sin convertirla en una suerte de malicia —y de malicia tan contraria a mi talante.