Los ensayos

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c | No creo que en habilidad y gracia montando a caballo nos supere nación alguna. «Buen caballero», según el uso de nuestra lengua, parece referirse más al valor que a la destreza. El más docto, el más seguro y el más acorde para adiestrar un caballo al que he conocido fue, a mi juicio, el señor de Carnavalet, que servía a nuestro rey Enrique II.[59] He visto a un hombre ir al galope con los dos pies sobre la silla, desmontar la silla y, a la vuelta, levantarla, reacomodarla y sentarse de nuevo en ella, sin dejar de correr a rienda suelta; pasar por encima de un gorro y dispararle por detrás certeros dardos con un arco; coger cualquier cosa, echando un pie al suelo y manteniendo el otro en el estribo; y otras futilidades semejantes, de las que vivía.[60] b | En mis tiempos han visto, en Constantinopla, a dos hombres sobre un caballo que, en plena carrera, se lanzaban alternativamente al suelo y luego sobre la silla. Y a uno que embridaba y enjaezaba a su caballo sólo con los dientes. A otro que, entre dos caballos, con un pie sobre una silla y el otro sobre la otra, llevando a un segundo encima, corría a rienda suelta; el segundo, de pie sobre él, disparaba en plena carrera flechas muy certeras con su arco. A muchos que, con las piernas al aire, iban al galope con la cabeza puesta sobre las sillas, entre las puntas de unas cimitarras atadas al arnés.[61] Cuando yo era niño, el príncipe de Sulmona, en Nápoles, manejando un caballo difícil en todo tipo de movimientos, sostenía bajo las rodillas y bajo los dedos de los pies unos reales, como si estuviesen clavados, c | para mostrar la firmeza de su equilibrio.[62]


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