Los ensayos

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a | Excusaría de buen grado que nuestro pueblo no posea otro modelo y regla de perfección que sus propias costumbres y usanzas. Es, en efecto, un vicio común no solamente del vulgo sino de casi todos los hombres tener como mira y límite la situación en la que se ha nacido. Acepto que, cuando vea a Fabricio o a Lelio,[1] les encuentre un aspecto y porte bárbaros, ya que no están vestidos ni educados a nuestro modo. Pero me quejo de la particular insensatez con que se deja engañar y cegar por la autoridad del uso actual, hasta el extremo de ser capaz de mudar de opinión y parecer todos los meses si así place a la costumbre, y de juzgar tan diversamente acerca de sí mismo. Cuando llevaba la ballena del jubón entre las tetillas, defendía con vivas razones que estaba en el sitio correcto; algunos años después, una vez descendida hasta la altura de los muslos, se burla del otro uso. Lo encuentra inepto e insoportable. La manera de vestir actual le lleva de inmediato a condenar la antigua con una determinación tan grande y un acuerdo tan universal que dirías que es una especie de locura que le trastorna así el juicio. Nuestro cambio en esto es tan súbito y tan rápido que la inventiva de todos los sastres del mundo no podría proveer suficientes novedades, Por ello, es forzoso que muy a menudo las formas despreciadas recuperen el crédito, y que aquellas mismas caigan en el desprecio al poco tiempo; y que un mismo juicio adopte, en el espacio de quince o veinte años, dos o tres opiniones no ya diferentes sino contrarias, con una inconstancia y ligereza increíbles. c | Nadie es tan sutil entre nosotros que no se deje embelesar por esta contradicción, y ofuscar insensiblemente tanto los ojos internos como los externos.


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