Los ensayos
Los ensayos Cualquier movimiento nos descubre. a | El alma de César que se deja ver cuando ordena y dirige la batalla de Farsalia es la misma que se deja también ver disponiendo sus intrigas de ocio y de amor. Juzgamos el caballo no sólo observando cómo se desenvuelve en la carrera, sino también viéndolo ir al paso, incluso viendo cómo descansa en el establo. c | Entre las funciones del alma, algunas son bajas. Quien no la ve también por ese lado, no acaba de conocerla. Y tal vez se la observa mejor allà donde anda con su paso simple. Los vientos de las pasiones la afectan más en situación encumbrada. Además, se sume entera en cada asunto, y se aplica entera, y nunca trata más de uno a la vez. Y lo trata no según ella sino con arreglo a sà misma. Las cosas en sà mismas tienen quizá sus pesos y medidas y caracterÃsticas, pero en el interior, en nosotros, ella se los adjudica a su antojo. La muerte es espantosa para Cicerón, deseable para Catón, indiferente para Sócrates. La salud, la conciencia, la autoridad, la ciencia, la riqueza, la belleza y sus contrarios se despojan a la entrada, y reciben del alma un vestido nuevo, y del color que a ella le place —marrón, claro, verde, oscuro, agrio, dulce, profundo, superficial—, y que place a cada una de ellas. Porque las almas no han verificado en común sus estilos, reglas y formas; cada una de ellas es reina en su Estado. Por tanto, no nos excusemos más con las cualidades externas de las cosas; hemos de rendirnos cuentas nosotros mismos. Nuestro bien y nuestro mal no dependen sino de nosotros. Ofrezcámonos nuestras ofrendas y nuestros votos, no a la fortuna, que nada puede sobre nuestro comportamiento. Al contrario, éste la arrastra tras él y la amolda a su forma.