Los ensayos
Los ensayos ¿Por qué no he de juzgar a Alejandro en la mesa, ocupado en charlar y en beber? O, si jugaba al ajedrez, ¿qué cuerda de su espíritu no toca y emplea este juego necio y pueril? Yo lo detesto y lo evito, porque no es del todo un juego, y nos distrae con excesiva seriedad. Me avergüenza prestarle una atención que bastaría para hacer algo bueno. No dedicó más esfuerzos a preparar su gloriosa expedición a las Indias; ni aquel otro a desentrañar un pasaje del que depende la salvación del género humano.[3] Ved cómo altera[4] nuestra alma esta ridícula diversión, ved si no se tensan todas sus fuerzas; con qué amplitud brinda a todos la ocasión de conocerse y de juzgarse rectamente en esto. En ninguna otra postura me veo ni examino de modo más general. ¿Qué pasión no ejerce en nosotros?: la cólera, el despecho, el odio, la impaciencia, y una vehemente ambición de vencer en algo en lo cual sería más excusable tener la ambición de ser vencido. Porque la excelencia singular y más allá de lo común en una cosa frívola no conviene a un hombre de honor.[5] Cuanto digo sobre este ejemplo, puede decirse sobre todos los demás. Cada parcela, cada ocupación del hombre, le delata y le descubre no menos que las demás.