Los ensayos

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CAPÍTULO LV

LOS OLORES

a | Se dice de algunos, como de Alejandro Magno, que su sudor desprendía un olor suave, por cierta rara y extraordinaria complexión; la causa la indagan Plutarco y otros.[1] Pero la forma común de los cuerpos es la contraria; y la mejor condición que alcanzan es estar exentos de olor. Incluso la dulzura de los alientos más puros nada tiene más perfecto que carecer de olor alguno que nos ofenda, como sucede con los niños completamente sanos. Por eso, dice Plauto:

Mulier tum bene olet, ubi nihil olet.[2]

[La mujer huele bien cuando no huele a nada].

El más refinado olor de una mujer es no oler a nada.[3] Y los buenos olores artificiales los consideramos con razón sospechosos en quienes los utilizan, y creemos con razón que se emplean para cubrir algún defecto natural en ese aspecto. De ahí surgen las ocurrencias de los poetas antiguos; oler bien es heder:

Rides nos Coracine, nil olentes.

Malo quam bene olere, nil olere.[4]

[Te ríes de nosotros, Coracino, porque no

olemos. Prefiero no oler a oler bien].

Y en otro sitio:

Posthume, non bene olet, qui bene semper olet.[5]

[Postumo, no huele bien quien siempre huele bien].


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