Los ensayos
Los ensayos c | Y la posición del hombre que mezcla la devoción con una vida execrable parece ser en cierto modo más digna de condena que la del hombre conforme a sà mismo y disoluto en todo. Por eso, nuestra Iglesia rehúsa todos los dÃas el favor de su admisión y sociedad a las conductas obstinadas en alguna insigne malicia. a | Rezamos por hábito y por costumbre, o, mejor dicho, leemos o pronunciamos nuestras oraciones. A fin de cuentas, no se trata sino de apariencia. b | Y me desagrada ver que se hacen tres señales de la cruz en el benedÃcite y otras tantas en la acción de gracias[9] c | —y me desagrada tanto más porque es un signo que yo venero, y que empleo continuamente, sobre todo al bostezar—, b | y ver, sin embargo, las restantes horas del dÃa dedicadas al odio, a la avaricia, a la injusticia.[10] Una hora para los vicios; otra hora para Dios —como en compensación y por compromiso—. Es milagroso ver cómo acciones tan distintas se suceden con un tenor tan semejante que ni siquiera en sus confines y en el paso de una a otra se percibe interrupción ni alteración alguna. c | ¿Qué prodigiosa conciencia puede hallar descanso cuando da de comer en el mismo albergue, tan concorde y apaciblemente unidos, al crimen y al juez? Un hombre cuya cabeza está permanentemente dominada por la lascivia, y que la considera muy aborrecible a ojos divinos, ¿qué le dice a Dios cuando le habla de ello? Se recupera, pero al instante recae. Si la objeción de la justicia divina y su presencia le golpearan y castigaran el alma como dice, por breve que fuese la penitencia, el temor mismo rechazarÃa tan a menudo su pensamiento que de inmediato domeñarÃa los vicios que son habituales y están arraigados en él. Pero ¿qué decir de quienes asientan una vida entera en el fruto y el provecho del pecado que saben mortal? ¿Cuántos oficios y ocupaciones que aceptamos poseen una esencia viciosa? Y aquel que se me confesó y me contó que toda la vida habÃa profesado y practicado una religión para él condenable y contraria a la que tenÃa en el corazón, por no perder su reputación y el honor de sus cargos, ¿de qué manera acomodaba este razonamiento en su ánimo?[11] ¿Con qué lenguaje hablan de este asunto a la justicia divina? Dado que su arrepentimiento consiste en una reparación visible y palpable, pierden la posibilidad de alegarla ante Dios y ante nosotros. ¿Acaso se atreven a pedir perdón sin satisfacción ni arrepentimiento?[12] Considero que sucede con los primeros igual que con éstos;[13] pero su obstinación no es tan fácil de demostrar. Esta contrariedad y volubilidad de opinión tan repentina, tan violenta, que simulan ante nosotros, a mà me parece un milagro. Nos muestran una situación de lucha indigerible. ¡Qué fantasiosa me parecÃa la imaginación de quienes, estos últimos años, solÃan reprochar a cualquiera en quien brillara cierta claridad mental, y que profesara la religión católica, que estaba fingiendo! ¡SostenÃan incluso, en honor suyo, que, dijera lo que dijese de puertas afuera, era seguro que por dentro habÃa reformado su creencia según la medida de ellos! ¡Qué enfermedad más fastidiosa creerse fuerte hasta el extremo de estar convencido de que es imposible creer lo contrario! ¡Y más fastidiosa todavÃa estar convencido con un espÃritu tal que se prefiera no sé qué diferencia de fortuna presente a las esperanzas y amenazas de la vida eterna! Pueden creerme: si algo hubiera debido tentar a mà juventud, la ambición del riesgo y la dificultad que comportaba esta reciente empresa habrÃa tenido gran participación en ello.[14]