Los ensayos

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En nuestros días, muchachos y mujeres aleccionan a los hombres más viejos y experimentados sobre las leyes eclesiásticas. En cambio, la primera de Platón les prohíbe incluso preguntar por la razón de las leyes civiles, que deben valer como mandatos divinos; y cuando permite a los viejos hablar de ellas entre sí y con el magistrado, añade: «con tal de que no sea en presencia de jóvenes y de personas profanas».[26]

Un obispo ha dejado escrito que en el otro extremo del mundo hay una isla, llamada por los antiguos Dioscórida, propicia por la fertilidad de toda suerte de árboles y frutos, y por la salubridad de su aire, cuyo pueblo es cristiano, tiene iglesias y altares ornados sólo con la cruz, sin más imágenes, es gran observante de ayunos y fiestas, paga rigurosamente los diezmos a los sacerdotes y es tan casto que nadie puede conocer más de una sola mujer a lo largo de su vida. Por lo demás, está tan satisfecho de su fortuna que, rodeado de mar, ignora el uso de las naves, y es tan simple que no entiende ni una sola palabra de la religión que observa con tanto esmero.[27] Es cosa increíble para quien no sepa que los paganos, tan devotos idólatras, no conocían de sus dioses otra cosa que simplemente el nombre y la estatua. El antiguo inicio de Menalipe, tragedia de Eurípides, decía así:

Oh Júpiter, pues de ti no conozco

nada más que el mero nombre.[28]


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