Los ensayos

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c | Uno de nuestros historiadores griegos acusa con justicia a su siglo de que los secretos de la religión cristiana estaban esparcidos por la plaza pública, en manos de los más humildes artesanos; de que todo el mundo podían debatir y hablar sobre ellos según su propio juicio;[23] y de que debería causarnos gran vergüenza, a nosotros que por la gracia de Dios gozamos de los puros misterios de la piedad, dejarlos profanar en boca de personas ignorantes y de condición popular, habida cuenta de que los gentiles prohibían a Sócrates, a Platón y a los más sabios preguntar y hablar sobre las cosas confiadas a los sacerdotes de Delfos. Dice también que a las facciones de los príncipes a propósito de la teología no las arma el celo sino la ira; que el celo depende de la razón y de la justicia divinas si se conduce con orden y moderación, pero se transforma en odio y envidia, y produce, en lugar de trigo y uva, cizaña y ortigas, cuando es conducido por una pasión humana. Y también estaba justificado aquel otro que, aconsejando al emperador Teodosio, decía que las discusiones no adormecen sino despiertan los cismas de la Iglesia y alientan las herejías;[24] que, por lo tanto, había que evitar todas las polémicas y argumentaciones dialécticas, y simplemente remitirse a las prescripciones y a las fórmulas de fe establecidas por los antiguos. Y el emperador Andrónico, al encontrar en su palacio a dos hombres principales que se enfrentaban verbalmente a Lopadio sobre uno de nuestros puntos de gran importancia, los reprendió hasta amenazarlos con echarlos al río si persistían.[25]


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