Los ensayos
Los ensayos a | La reina de Navarra, Margarita, cuenta de un joven prÃncipe —y, aunque no lo nombra, la grandeza lo ha hecho fácilmente reconocible— que, cuando acudÃa a una cita amorosa y a acostarse con la esposa de un abogado de ParÃs, dado que le caÃa una iglesia de camino, jamás pasaba por ese santo lugar sin hacer sus rezos y oraciones a la ida o a la vuelta de su empresa.[39] Os dejo que juzguéis en qué empleaba el favor divino con el alma henchida de ese bello pensamiento; sin embargo, ella lo alega como testimonio de singular devoción. Pero no es la única prueba por la que podrÃamos certificar que las mujeres no son muy aptas para tratar los asuntos teológicos.[40]
La verdadera oración y nuestra reconciliación religiosa con Dios no pueden darse en un alma impura y sujeta, en ese preciso momento, al dominio de Satanás.[41] Quien llama a Dios en su auxilio mientras permanece en el sendero del vicio hace como el ratero que llama a la justicia en su ayuda, o como quienes presentan el nombre de Dios como testigo de una mentira:
b | tacito mala uota susurro
concipimus.[42]
[expresamos en voz baja ruegos malvados].
a | Pocos hombres osarÃan manifestar sus demandas secretas a Dios,
Haud cuiuis promptum est murmurque humilesque susurros