Los ensayos
Los ensayos El rey, para seguir conservando algunas relaciones en Italia, de donde acababan de expulsarle, sobre todo en el ducado de Milán, había ideado mantener cerca del duque a un gentilhombre de su facción, embajador de hecho, pero en apariencia hombre privado que fingía encontrarse allí por asuntos particulares. En efecto, el duque, que estaba mucho más sometido al emperador —en especial entonces, que tenía un acuerdo de matrimonio con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, actual viuda de Lorena—, no podía descubrir ningún trato ni conversación con nosotros sin sufrir un gran perjuicio. Para tal misión se consideró adecuado a un gentilhombre milanés, caballerizo en la cuadra del rey, llamado Maraviglia. Fue enviado con cartas credenciales secretas e instrucciones de embajador, y, también, con cartas de recomendación al duque en favor de sus asuntos particulares, a modo de máscara y de apariencia. Estuvo cerca del duque durante tanto tiempo que le llegó alguna noticia al emperador, lo cual dio motivo, suponemos, a lo que aconteció después. Con el pretexto de cierto asesinato, el duque mandó que le cortaran la cabeza en plena noche, tras un proceso celebrado en dos días. El rey se dirigió a todos los príncipes de la cristiandad, y al propio duque, para pedir explicaciones. El señor Francesco llegó provisto de un largo relato ficticio de la historia, y fue escuchado en la audiencia de la mañana. Estableció como fundamento de su causa, y desplegó a tal fin, un buen número de bellas razones sobre el hecho: que su amo nunca había considerado a nuestro hombre sino como un gentilhombre privado y súbdito suyo, llegado a Milán para ocuparse de sus negocios, y que jamás había vivido allí con otra apariencia; negó incluso haber sabido que tuviera un cargo en la casa del rey, ni que fuera conocido suyo, y, mucho más, que lo considerara embajador. El rey, por su parte, lo apremió con varias objeciones y preguntas, y lo acosó por todos lados hasta acorralarlo finalmente sobre el asunto de la ejecución, efectuada por la noche y como a escondidas. El pobre hombre, azorado, replicó, para hacerse el honesto, que, por respeto a su majestad, el duque habría sentido mucho que tal ejecución se efectuara de día. Cualquiera puede suponer qué respuesta recibió tras tan grave contradicción, ante una nariz como la del rey Francisco.[15]