Los ensayos
Los ensayos c | Un hombre de elevada dignidad, y muchos años, contaba éste entre los tres principales deleites que, según me decÃa, le quedaban en la vida; ¿y dónde se pretende hallarlos con más justicia que entre los naturales? Pero lo entendÃa mal. Es preciso evitar la delicadeza y la selección meticulosa del vino. Si fundas tu placer en beberlo agradable, te impones el dolor de beberlo de otra manera. Hay que tener un gusto más dócil y más libre. Para ser buen bebedor, no se requiere un paladar tan delicado. Los alemanes beben casi cualquier vino con el mismo placer. Su objetivo es engullirlo, más que paladearlo. Les resulta mucho más fácil asÃ. Su placer es mucho más copioso y asequible. En segundo lugar, beber a la francesa, durante las dos comidas y con moderación,[29] es limitar en exceso los favores de este dios.[30] Se precisa más tiempo y constancia. Los antiguos reservaban noches enteras para este ejercicio, y en no pocas ocasiones les sumaban los dÃas. Y, ciertamente, debe disponerse una medida más amplia y más firme. He visto a un gran señor de estos tiempos, personaje de altas empresas y célebres éxitos, que, sin esfuerzo, y en el curso de sus comidas ordinarias, apenas bebÃa menos de cinco cuartillas de vino, y, pese a todo, no se mostraba sino excesivamente sabio y hábil a costa de nuestros asuntos. Para que un placer tenga consideración en el curso de nuestra vida ha de ocupar más espacio. No deberÃa rehusarse ninguna ocasión para beber, como hacen los mozos de taller y los trabajadores, y habrÃa que tener siempre tal deseo en la cabeza. Parece que, todos los dÃas, recortamos su uso, y que, en nuestras casas, como vi en mi infancia, desayunos, almuerzos y meriendas eran mucho más frecuentes y comunes que hoy en dÃa. ¿Será acaso que mejoramos en algo? A decir verdad, no. Todo lo contrario; puede ser que nos hayamos entregado mucho más a la lujuria que nuestros padres. Son dos ocupaciones que, cuando cobran vigor, se estorban mutuamente. Por una parte, la lujuria ha debilitado nuestro estómago, y, por otra, la sobriedad sirve para volvernos más galantes, más cortejadores en el ejercicio del amor.