Los ensayos

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Son asombrosos los relatos que oí hacer a mi padre sobre la castidad de su época. Podía hablar del asunto, ya que, por arte y por naturaleza, tenía un trato muy fácil con las damas. Hablaba poco y bien; y, además, mezclaba en su lenguaje algún ornamento extraído de los libros en lengua vulgar, sobre todo españoles —y, entre los españoles, le era familiar el que llaman Marco Aurelio—.[31] Su gesto poseía una gravedad suave, humilde y modestísima. Tenía singular cuidado por la decencia y el decoro de su persona y de sus ropas, tanto a pie como a caballo; una prodigiosa lealtad a las palabras dadas y una conciencia y un escrúpulo generales que tendían más hacia la superstición que hacia el otro extremo. Para ser hombre de pequeña talla, estaba lleno de vigor y era de estatura recta y bien proporcionada. De semblante agradable, tirando a moreno; diestro y excelente en cualquier ejercicio noble. He visto todavía unas cañas rellenas de plomo con las cuales según dicen, ejercitaba los brazos al efecto de prepararse para lanzar la barra o la piedra, o para la esgrima; y unos zapatos con las suelas emplomadas para ganar agilidad en la carrera y en el salto. En el salto ha dejado en la memoria pequeños milagros. Le he visto con más de sesenta años reírse de nuestras alegrías, lanzarse con su ropa forrada sobre un caballo, dar la voltereta sobre la mesa apoyándose en un pulgar, no subir casi nunca a su estancia sino con zancadas de tres o cuatro escalones a la vez. Con respecto a mi asunto, decía que en toda una provincia apenas había una mujer de calidad que tuviese mala reputación. Refería intimidades asombrosas, en especial suyas, con mujeres honestas sin sospecha alguna.


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