Los ensayos

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Táurea Vibelio, otro ciudadano del mismo lugar, al volver el cónsul Fulvio de la infame carnicería de doscientos veinticinco senadores que había perpetrado, le llamó orgullosamente por su nombre y, tras detenerlo, le dijo: «Ordena que me asesinen a mí también, después de tantos otros, para que puedas jactarte de haber matado a un hombre mucho más valiente que tú». Fulvio le desdeñó como si fuera un insensato —además acababa de recibir, hacía un momento, unas cartas de Roma contrarias a la inhumanidad de su ejecución, que le ataban las manos—, y Vibelio continuó: «Puesto que, con mi país conquistado y mis amigos muertos, y tras haber quitado la vida con mis manos a mi esposa y mis hijos para evitarles la desolación de esta ruina, me está prohibido morir con la muerte de mis conciudadanos, tomemos prestada del valor la venganza de esta vida odiosa». Y, sacando una espada que llevaba oculta, se atravesó el pecho, cayó derribado y murió a los pies del cónsul.[76]








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