Los ensayos

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c | Vibio Virio, perdida toda esperanza en la salvación de su ciudad, cercada por los romanos, y en su misericordia, en la última deliberación de su senado, tras dedicar muchas advertencias a tal fin, concluyó que lo más hermoso era escapar a la fortuna por su propia mano. Los enemigos les honrarían, y Aníbal se daría cuenta de hasta qué punto eran fieles esos amigos a los que había abandonado. Invitó a quienes aprobaran su parecer a ir a tomar una buena cena, preparada en su casa, donde, tras comer bien, beberían juntos de aquello que les ofreciesen: «Una bebida que librará nuestros cuerpos de tormentos, nuestras almas de injurias, nuestros ojos y oídos del sentimiento de todos aquellos males abyectos que los vencidos tienen que sufrir de vencedores muy crueles y ofendidos». Añadió: «He ordenado que haya personas dispuestas para arrojarnos a una hoguera ante mi puerta, una vez que hayamos expirado». Muchos aprobaron esta sublime determinación; pocos la imitaron. Veintisiete senadores le siguieron y, tras haber intentado ahogar en vino este doloroso pensamiento, terminaron la comida con el mortal manjar; y, abrazándose entre ellos, tras lamentar juntos la desgracia de su país, unos se retiraron a sus casas, los demás se quedaron para ser sepultados en el fuego de Vibio a su lado. Y tuvieron una muerte tan lenta, dado que el vapor del vino había llenado las venas, y retardaba el efecto del veneno, que a algunos les faltó apenas una hora para ver a sus enemigos en Capua, que fue conquistada al día siguiente, y para caer en las miserias que habían esquivado a tan alto precio.[75]


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