Los ensayos

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a | Algunos Estados se han inmiscuido en la regulación de la justicia y de la oportunidad de las muertes voluntarias. En nuestra Marsella se guardaba antiguamente un veneno preparado con cicuta, pagado por el erario público, para quienes desearan apresurar el fin de sus días, tras haber, primero, hecho aprobar por los seiscientos, que eran su senado, las razones de su iniciativa; y no era lícito ponerse la mano encima sino con permiso del magistrado y por motivos legítimos.[85] Esta ley existía también en otros sitios. Sexto Pompeyo, camino de Asia, pasó por la isla de Ceos del mar Egeo. Según nos refiere uno de sus compañeros,[86] sucedió por azar, mientras se encontraba allí, que una dama de gran autoridad, tras explicar a sus conciudadanos por qué estaba resuelta a poner fin a su vida, rogó a Pompeyo que asistiera a su muerte para hacerla más honorable. Éste lo hizo así; y, después de intentar en vano, a fuerza de elocuencia —que tenía extraordinariamente viva— y de persuasión, apartarla de tal propósito, le permitió al fin obrar a su gusto. Tenía más de noventa años, y su espíritu y su cuerpo se hallaban en felicísimas condiciones, pero entonces, recostada en su lecho, más adornado que de costumbre, y apoyada sobre un codo, dijo: «¡Que los dioses, oh Sexto Pompeyo, y más bien los que dejo que los que voy a encontrar, te agradezcan no haber desdeñado ser consejero de mi vida y testigo de mi muerte! Por mi parte, dado que siempre he conocido el rostro favorable de la fortuna, no sea que el ansia de vivir en exceso me muestre uno contrario, voy a despedir los restos de mi alma con un feliz final, dejando dos hijas y una legión de nietos». Hecho esto, tras predicar y exhortar a los suyos a la unión y a la paz, les repartió sus bienes, confió los dioses domésticos a su hija mayor, y tomó con mano segura la copa que contenía el veneno. Una vez efectuados sus votos a Mercurio, y las plegarias para que la condujera a alguna feliz morada en el otro mundo, engulló bruscamente el brebaje mortal. Entonces habló con los presentes del progreso de su efecto, y de cómo cada parte de su cuerpo se iba sintiendo presa del frío, una tras otra, hasta que al fin dijo que éste llegaba al corazón y a las entrañas, y llamó a sus hijas para que le rindieran el último servicio y le cerraran los ojos.[87]


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