Los ensayos
Los ensayos a | Pero, a veces, se desea también la muerte por la esperanza de un bien mayor. «Deseo ser desatado para estar con Jesucristo», dice san Pablo, y: «¿Quién me librará de estas ataduras?».[81] Cleómbroto de Ambracia, tras leer el Fedón de Platón, tuvo un deseo tan intenso de la vida futura que, sin otro motivo, fue a precipitarse al mar.[82] c | Se percibe así la impropiedad con la que llamamos desesperación a esta disolución voluntaria a la que el ardor de la esperanza nos conduce a menudo, y a menudo una tranquila y serena inclinación de juicio. a | Jacques du Chastel, obispo de Soissons, en la expedición a ultramar que realizó san Luis, al ver que el rey y todo el ejército regresaban, dejando los asuntos de la religión sin resolver, tomó la decisión de partir más bien hacia el paraíso. Y, tras despedirse de sus amigos, se abalanzó solo, a la vista de todos, contra el ejército enemigo, que le hizo trizas.[83] c | En cierto reino de las nuevas tierras, el día de una solemne procesión en la cual pasean en público, sobre un carro de extraordinarias dimensiones, el ídolo que adoran, no sólo son muchos los que se cortan pedazos de carne viva para ofrendárselos; otros muchos se echan al suelo en medio de la plaza, y se hacen aplastar y quebrar bajo las ruedas para adquirir tras su muerte veneración de santidad, que les es rendida.[84] La muerte de este obispo, con las armas empuñadas, posee más nobleza y menos sentimiento, por haber ocupado el ardor del combate una parte de él.