Los ensayos
Los ensayos LAS OBLIGACIONES, PARA MAÑANA
a | Me asiste la razón, me parece, al conceder la palma a Jacques Amyot por encima de todos los escritores franceses, no sólo a causa de la naturalidad y pureza de su lengua, en lo cual supera a todos los demás, ni por la constancia de un trabajo tan dilatado, ni por la profundidad de su saber, pues ha sido capaz de exponer con tanto acierto a un autor tan espinoso y difícil —que me digan, en efecto, lo que quieran, de griego no entiendo nada, pero veo un sentido tan concorde y coherente en toda su traducción que o ha entendido con seguridad el verdadero pensamiento del autor o, al haber fijado vivamente en su alma, con el prolongado trato, una idea general de la de Plutarco, al menos nada le ha prestado que le desmienta o contradiga—. Pero sobre todo le agradezco haber sabido seleccionar y elegir un libro tan digno y tan apropiado para regarlárselo a su país.[1] Nosotros, ignorantes, andábamos perdidos si este libro no nos hubiera sacado del lodazal; gracias a él nos atrevemos ahora a hablar y escribir; las damas dan lecciones a los maestros de escuela. Es nuestro breviario. Si este hombre de bien vive, le asigno a Jenofonte para que haga lo mismo con él.[2] Es una tarea más fácil y mucho más adecuada para su vejez. Y además, no sé cómo, me parece que, aun cuando supere con mucha fuerza y nitidez los pasajes difíciles, su estilo es mucho más natural cuando nada le acucia y avanza a sus anchas.