Los ensayos
Los ensayos Me encontraba en este momento en ese pasaje en el que Plutarco cuenta de sí mismo que Rústico, asistiendo a una declamación suya en Roma, recibió un correo del emperador y aguardó para abrirlo a que hubiese terminado todo. Los presentes, dice, alabaron singularmente la gravedad del personaje.[3] En verdad, tratando el asunto de la curiosidad, y de esa pasión ávida y golosa de novedades que nos lleva, con tanta indiscreción e impaciencia, a abandonarlo todo para hablar con un recién llegado, y a perder todo respeto y compostura para abrir enseguida, dondequiera que nos hallemos, las cartas que nos traen, ha tenido razón al elogiar la gravedad de Rústico; y podía además añadir el elogio de su urbanidad y cortesía por no haber querido interrumpir el curso de su declamación. Pero dudo que pueda elogiársele por su prudencia. Porque, al recibir de improviso cartas, y sobre todo de un emperador, podía muy bien suceder que aplazar su lectura comportara un gran perjuicio.