Los ensayos

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a | Un día, en un viaje que efectuábamos mi hermano, el señor de La Brousse, y yo durante nuestras guerras civiles, nos encontramos con un gentilhombre de buen aspecto.[1] Era del bando contrario al nuestro, pero yo lo ignoraba, porque se hacía pasar por algo distinto. Y lo peor de estas guerras es que las cartas están tan mezcladas, pues el enemigo no se distingue de ti por ninguna señal clara ni de lengua ni de apariencia, criado en las mismas leyes, costumbres y ambiente, que es difícil evitar la confusión y el desorden. Por este motivo yo mismo albergaba el temor de toparnos con nuestras tropas en algún sitio donde no me conocieran, por no verme forzado a decir mi nombre y tal vez a algo peor. b | Me había sucedido así en otra ocasión. Porque en una confusión similar perdí hombres y caballos, y me mataron miserablemente, entre otros, a un paje gentilhombre italiano al que educaba con el mayor cuidado, y extinguieron en él una infancia muy hermosa y prometedora. a | Pero éste sufría un pavor tan desquiciado, y le veía tan muerto cada vez que encontrábamos hombres a caballo y que cruzábamos ciudades favorables al rey, que acabé por adivinar que eran alarmas producidas por su conciencia. Le parecía al pobre hombre que, a través de su máscara y de las cruces de su casaca, iban a leerle hasta el interior del corazón sus secretas intenciones.[2] ¡Tan extraordinaria es la fuerza de la conciencia! Hace que nos traicionemos, acusemos y opongamos a nosotros mismos, y, a falta de otro testigo, nos hace comparecer en contra nuestro:


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