Los ensayos
Los ensayos Hubo antiguamente hombres tan excelentes en el aprovechamiento del tiempo que intentaron, en la muerte misma, degustarla y saborearla, y que tensaron su espíritu para ver en qué consistía tal tránsito; pero no volvieron para contarnos las noticias:
nemo expergitus extat
frigida quem semel est uitaipausa sequuta.[6]
[nadie, despertándose, se levanta una vez
le ha alcanzado la fría pausa de la muerte].
Julio Canio, noble romano de virtud y firmeza singulares, fue condenado a muerte por el bribón de Calígula. Aparte las muchas pruebas extraordinarias de resolución que ofreció, cuando estaba a punto de sufrir la acción del verdugo, un filósofo amigo suyo le preguntó: «Y bien, Canio, ¿en qué disposición se halla en este momento tu alma?, ¿qué hace?, ¿cuáles son tus pensamientos?». «Pensaba», le respondió, «mantenerme atento y concentrado con todas mis fuerzas para ver si, en el instante de la muerte, tan breve y tan fugaz, puedo percibir alguna marcha del alma, y si tendrá algún sentimiento de su salida. Si averiguo alguna cosa, mi intención es volver después, si puedo, para advertir a mis amigos». Éste filosofa no sólo hasta la muerte, sino en la muerte misma.[7] ¡Qué confianza y qué ánimo orgulloso pretender que su muerte le sirviese de lección y tener tiempo para pensar en otra cosa en medio de tan grande asunto!