Los ensayos
Los ensayos El relato de un acontecimiento tan leve es más bien vano, salvo por la enseñanza que he extraído para mí, pues, en verdad, para familiarizarse con la muerte, me parece que basta con acercarse a ella. Ahora bien, como dice Plinio, cada cual constituye una enseñanza excelente para sí mismo, con tal de que tenga la capacidad de espiarse de cerca.[27] Esto no es mi doctrina, es mi estudio; y no es la lección de otros, es la mía. c | Y, sin embargo, no se me debe echar en cara que la comunique. Lo que me sirve a mí, puede también, accidentalmente, servir a otro. Además, no causo ningún perjuicio, sólo empleo lo mío. Y si cometo una locura, es a mis expensas y sin daño para nadie. Es, en efecto, una locura que muere en mí, que no deja consecuencias. No tenemos noticias sino de dos o tres antiguos que hollaron este camino; y ni siquiera podemos decir si lo hicieron de una manera del todo semejante a ésta, ya que sólo conocemos sus nombres.[28] Después, nadie se ha lanzado tras sus pasos. Es una empresa espinosa, y más de lo que parece, seguir una andadura tan errante como la de nuestro espíritu, penetrar las profundidades opacas de sus íntimos repliegues; distinguir y fijar tantos aspectos menudos de sus movimientos. Y es una tarea nueva y extraordinaria, que nos aparta de las ocupaciones comunes del mundo, sí, y de las más valoradas. Hace muchos años que mis pensamientos no tienen otro objeto que yo mismo, que no me examino y estudio sino a mí mismo. Y si estudio otra cosa, es para aplicarla de inmediato a mí, o en mí, por decirlo mejor. Y no me parece incurrir en un error si, como se hace en las demás ciencias, incomparablemente menos útiles, comparto lo que he aprendido en ésta, aunque a duras penas me satisfaga el progreso que he realizado. No hay descripción tan ardua como la descripción de uno mismo, ni ciertamente tan útil. Además, uno debe arreglarse, y uno debe ajustarse y componerse para mostrarse en público. Pues bien, yo me engalano sin descanso, ya que me describo sin descanso. La costumbre ha vuelto vicioso el hablar de uno mismo, y lo prohíbe obstinadamente por odio a la jactancia que siempre parece ir unida a los testimonios sobre uno mismo.[29] En vez de sonarle la nariz al niño como se debe, esto se llama arrancársela: