Los ensayos
Los ensayos Nosotros, por nuestra parte, y muchos de nuestros vecinos, tenemos las órdenes de CaballerÃa, establecidas sólo para este fin. Es en verdad una costumbre excelente y provechosa encontrar la manera de reconocer el valor de los hombres singulares y sobresalientes, y de contentarlos y satisfacerlos con pagos que no comporten carga alguna para el erario público ni cuesten nada al prÃncipe. Y lo que se ha conocido siempre por experiencia antigua y nosotros hemos podido también ver en otros tiempos entre nosotros, que la gente de calidad ponÃa más celo en tales recompensas que en aquellas que suponÃan ganancia y beneficio, no carece de razón ni de plausibilidad. Si al premio que debe ser simplemente honorÃfico se le añaden otras ventajas y la riqueza, la mezcla, en lugar de incrementar la valoración, la rebaja y recorta. La orden de Saint Michel, que durante tanto tiempo ha gozado de crédito entre nosotros, no tenÃa mayor ventaja que la de carecer de relación con ninguna otra ventaja.[3] Eso hacÃa que en otros tiempos no hubiera cargo ni dignidad, fuere el que fuere, que los nobles pretendiesen con tanto deseo y afán como esta orden, ni calidad que supusiera más respeto y grandeza. La virtud abraza y persigue con más ganas una recompensa puramente suya, más gloriosa que útil. Porque, en verdad, los restantes dones no tienen un uso tan digno, pues se emplean en toda suerte de ocasiones.[4] Con las riquezas se pagan la tarea de un criado, la diligencia de un correo, las danzas, las acrobacias, el habla y los servicios más viles que se reciben. Incluso se paga el vicio, la adulación, la alcahueterÃa, la traición. No es extraño que la virtud acoja y desee con menos simpatÃa esta suerte de moneda común que la que le es propia y particular, por entero noble y generosa. Augusto tenÃa razón al reservar y escatimar mucho más ésta que la otra, porque el honor es un privilegio que obtiene su principal sustancia de la rareza; y también la virtud: