Los ensayos
Los ensayos En cuanto a mí, me parece cruel e injusto no admitirlos en el reparto y en la comunidad de nuestros bienes, ni como compañeros en la inteligencia de nuestros asuntos domésticos, cuando son capaces de ello, y no recortar ni restringir nuestros placeres para proveer a los suyos, pues para eso los hemos engendrado. Es injusto que un padre viejo, achacoso y medio muerto goce solo, en un rincón del hogar, de bienes que bastarían para la promoción y el mantenimiento de muchos hijos, y que les deje entretanto, por falta de medios, perder sus mejores años sin abrirse camino en el servicio público y en el conocimiento de los hombres. Se les arroja a la desesperación de buscar por cualquier vía, aunque sea muy injusta, atender a su necesidad. Así, he visto en estos tiempos a muchos jóvenes de buena familia tan entregados al robo que ninguna corrección podía apartarlos de él. Conozco a uno, bien emparentado, con el cual, a petición de un hermano suyo, gentilhombre muy honesto y bondadoso, hablé una vez a tal efecto. Me respondió y confesó con toda claridad que había sido empujado a esta vileza por el rigor y la avaricia de su padre, pero que en ese momento estaba tan acostumbrado que no podía evitarlo. Y entonces acababa de ser sorprendido robando las sortijas de una dama, en cuya seducción había coincidido con muchos otros. Me hizo acordar del relato que había oído referir sobre otro gentilhombre, tan hecho y habituado a este bello oficio, desde la época de su juventud, que, cuando después se convirtió en el dueño de sus bienes, resuelto a abandonar tal tráfico, no podía evitar, si pasaba cerca de una tienda donde había algo que necesitaba, robarlo, con el castigo de enviar luego a pagarlo. Y he visto a muchos tan hechos y habituados a esto que, incluso entre compañeros, solían robar cosas que querían dar. b | Soy gascón, y aun así no hay vicio del que entienda menos. Lo detesto un poco más por temperamento de lo que lo denuncio por razón. Ni siquiera con el deseo sustraigo nada a nadie. a | Esta región, en verdad, está un poco más desprestigiada por esta causa que las demás de la nación francesa.[8] Sin embargo, en nuestra época hemos visto unas cuantas veces a hombres de buena familia de otras comarcas en manos de la justicia, convictos de numerosos robos horribles. Me temo que en cierta medida hay que echar la culpa de tal desenfreno a este vicio de los padres.