Los ensayos

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El error de no saber reconocerse a tiempo, y de no darse cuenta de la impotencia y extrema alteración que la edad le acarrea por naturaleza, tanto al cuerpo como al alma, que, en mi opinión, es la misma —si es que la del alma no es doble—, ha echado a perder la reputación de la mayoría de grandes hombres del mundo. En mi época he visto y conocido íntimamente a personajes de gran autoridad de quienes era fácil advertir que su antigua competencia, que yo conocía por la reputación adquirida durante sus mejores años, había mermado de manera extraordinaria. Habría deseado de buena gana, por su propio honor, verlos retirados en su casa, a sus anchas y libres de las ocupaciones públicas y militares, que no eran ya para sus espaldas. Hace tiempo frecuenté la casa de un gentilhombre viudo y muy anciano, con una vejez, sin embargo, bastante lozana. Tenía varias hijas casaderas y un hijo ya en edad de hacerse notar. Esto cargaba su casa de muchos gastos y de visitas ajenas, que le agradaban poco, no sólo por su afán ahorrativo, sino, más aún, porque había adoptado, a causa de la edad, una forma de vida muy alejada de la nuestra. Un día le dije con cierto atrevimiento, como es mi costumbre, que le convendría más dejarnos sitio y ceder a su hijo la casa principal —pues no tenía otra que estuviera arreglada y fuera cómoda—, y retirarse él a una tierra cercana suya donde nadie molestaría su descanso, pues no podía evitar de otro modo nuestra importunidad, dada la condición de sus hijos.[25] Más adelante me hizo caso, y le fue bien.


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