Los ensayos
Los ensayos Eso no significa que se les done con un tipo de obligación tal que uno no pueda ya desdecirse. Yo, que estoy a punto de representar este papel, les dejarÃa el disfrute de mi casa y mis bienes, pero con libertad para arrepentirme si me diesen motivo. Les dejarÃa el uso, pues ya no me serÃa cómodo; y, en cuanto a la autoridad general de los asuntos, me reservarÃa toda la que quisiera. Siempre he considerado que, para un padre viejo, ha de ser una gran alegrÃa dejar él mismo a los hijos en situación de gobernar sus asuntos, y poder examinar en vida su comportamiento, proporcionándoles instrucción y consejo con arreglo a la propia experiencia, y orientar él mismo el antiguo honor y orden de su familia en mano de sus herederos, y asegurarse asà de las esperanzas que puede albergar sobre su conducta en el futuro. Y, a tal efecto, no me gustarÃa evitar su compañÃa; querrÃa observarlos de cerca, y gozar, según la condición de mi edad, de su alegrÃa y de sus fiestas. Si no viviera entre ellos —no podrÃa hacerlo sin molestar a su compañÃa con la pesadumbre de mi edad y la sujeción de mis enfermedades, y sin coartar además ni violentar las reglas y formas de vida que tendrÃa entonces—, querrÃa al menos vivir cerca de ellos en una parte de mi casa, no la más ostentosa sino la más cómoda. No como vi, hace algunos años, a un deán de San Hilario de Poitiers, entregado a tal soledad por la desazón de su melancolÃa que, cuando entré en su estancia, hacÃa veintidós años que no habÃa salido de ella ni un solo paso; y, sin embargo, disfrutaba de plena libertad y facilidad de acción, salvo un reúma que le aquejaba el pecho. Apenas una vez por semana aceptaba permitir que alguien entrara a verlo. PermanecÃa todo el tiempo encerrado por dentro en su habitación, solo, salvo que un criado, que se limitaba a entrar y salir, le llevaba una vez al dÃa de comer. Su ocupación era pasear y leer algún libro —pues tenÃa alguna noción de las letras—, obstinado por lo demás en morir de esta forma, como lo hizo poco después. Yo intentarÃa, con un trato suave, alimentar en mis hijos una viva amistad y una benevolencia no fingida hacia mÃ, cosa que se gana fácilmente en las naturalezas bien nacidas —porque, si se trata de bestias furiosas, c | como nuestro siglo las produce a miles, a | hay que odiarlos y evitarlos como tales.[26]