Los ensayos

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a | Ahora, dado que las historias están llenas de ejemplos del amor común de los padres por los hijos, no me ha parecido importuno elegir también alguno de éste. c | Heliodoro, el buen obispo de Tricea, prefirió perder la dignidad, el beneficio, la devoción de una prelatura tan venerable a perder a su hija, hija que perdura aún muy elegante, aunque tal vez arreglada con cierto exceso de atención y blandura para una hija eclesiástica y sacerdotal, y con un estilo demasiado amoroso.[46] a | Hubo un Labieno en Roma,[47] personaje de gran valía y autoridad y, entre otras cualidades, excelente en toda suerte de literatura, que era hijo, creo, de ese gran Labieno que fue el primero de los capitanes que estuvieron en la guerra de las Galias bajo el mando de César y luego se unió al partido de Pompeyo el Grande, en el cual se mantuvo muy valerosamente hasta que César le derrotó en España. El Labieno del que hablo padeció a muchos envidiosos de su virtud y, es verosímil, a los cortesanos y favoritos de los emperadores de su tiempo como enemigos de su libertad y de las inclinaciones paternas que conservaba aún contra la tiranía, de las cuales seguramente impregnó sus escritos y sus libros. Sus adversarios buscaron y obtuvieron ante el magistrado de Roma la condena al fuego de muchas obras suyas que había publicado. Con él empezó este nuevo ejemplo que después continuó en Roma para otros muchos, de castigar con la muerte aun a los escritos y los estudios.[48] No había bastante medio y materia de crueldad si no introducíamos cosas a las que la naturaleza eximió de toda sensibilidad y sufrimiento, como la reputación y las invenciones de nuestro espíritu, y si no comunicábamos los males corporales a las enseñanzas y los monumentos de las Musas.[49] Ahora bien, Labieno no pudo soportar esta pérdida, ni sobrevivir a su tan estimada criatura; se hizo llevar y encerrar vivo en el sepulcro de sus antepasados, donde se ocupó con una única acción de matarse y a la vez enterrarse. Es difícil mostrar ningún afecto paternal más vehemente que éste. Casio Severo, hombre muy elocuente y amigo suyo, al ver los libros ardiendo, gritaba que, por la misma sentencia, le debían condenar también a él a ser quemado vivo, pues tenía y conservaba en su memoria su contenido.[50] b | Le ocurrió el mismo infortunio a Cremucio Cordo, acusado de elogiar en sus libros a Bruto y Casio. Ese senado abyecto, servil y corrupto, y digno de un peor amo que Tiberio, condenó sus escritos al fuego.[51] Se regocijó acompañando su muerte, y se quitó la vida absteniéndose de comer.[52]


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