Los ensayos

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a | Pocos son los hombres entregados a la poesía que no se complacerían más de ser padres de la Eneida que del más hermoso muchacho de Roma, y que no soportarían más fácilmente una pérdida que la otra. c | Porque, según Aristóteles, entre todos los artífices, el poeta es precisamente el más enamorado de su obra.[57] a | Es difícil de creer que Epaminondas, que se ufanaba de dejar para toda la posteridad hijas que un día honrarían a su padre —eran las dos nobles victorias que había obtenido contra los lacedemonios—,[58] hubiese consentido de buena gana cambiarlas por las más elegantes de toda Grecia, o que Alejandro y César desearan jamás ser privados de la grandeza de sus gloriosas hazañas de guerra a cambio de la ventaja de tener hijos y herederos, por más perfectos y cumplidos que pudieran ser. Tengo incluso grandes dudas de que Fidias, o cualquier otro excelente escultor, estimase tanto la conservación y persistencia de sus hijos naturales como la de alguna excelente escultura llevada a cabo con dilatado esfuerzo y estudio según el arte. Y en cuanto a las pasiones viciosas y furibundas que han inflamado a veces a los padres al amor de su hijas, o a las madres al de sus hijos, también se dan en esta otra suerte de parentesco. La prueba está en lo que se cuenta de Pigmalión, que moldeó una estatua de mujer de singular belleza y quedó tan perdidamente prendado por el enloquecido amor a su obra, que los dioses tuvieron que darle vida en honor a su furia:


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