Los ensayos

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a | Y ahora que nuestros mosqueteros gozan de prestigio creo que se encontrará alguna invención que nos emparede para protegernos de ellos, y que nos haga arrastrar a la guerra encerrados en bastiones, como aquellos que los antiguos hacían llevar a sus elefantes. Esta inclinación se aleja mucho de la de Escipión el Joven, que acusó acerbamente a sus soldados por haber esparcido abrojos bajo el agua, en el lugar del foso por donde los de una ciudad a la que tenía sitiada podían hacer salidas contra él. Les dijo que los asaltantes debían pensar en atacar, no en tener miedo,[6] c | y temía con razón que esta precaución relajara su vigilancia para protegerse. b | Dijo también a un joven que le mostraba su hermoso escudo: «Es en verdad bello, hijo mío; pero un soldado romano debe confiar más en la mano derecha que en la izquierda».[7]

a | Ahora bien, sólo la costumbre nos hace insoportable la carga de nuestras armas:[8]

L’hushergo in dosso haveano, e l’elmo in testa,

due di quelli guerrier d’i quali io canto.

Nè notte o dì dopo ch’entraro in questa

stanza, gli haveano mai messi da canto,

che facile a portar comme la vesta

era lor, perché in uso l’avean tanto.[9]


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