Los ensayos

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Alejandro, el más arriesgado capitán que jamás ha existido, se armaba en muy raras ocasiones.[3] a | Y aquellos de entre nosotros que las desprecian no por eso empeoran mucho su situación. Si se produce alguna muerte por falta de arnés, apenas son menos quienes han caído por el estorbo de las armas, atrapados bajo su pesadez, o magullados y exhaustos, o por la repercusión de un golpe o de otro modo. Porque, en verdad, al ver el peso de las nuestras y su espesor, da la impresión de que sólo buscamos defendernos; c | y vamos más cargados que protegidos. a | Bastante trabajo tenemos con sostener el fardo, trabados y oprimidos, como si sólo tuviésemos que luchar con el choque de nuestras armas, a2 | y como si no tuviésemos la misma obligación de defenderlas que ellas de defendernos. b | Tácito describe graciosamente a unos guerreros de nuestros antiguos galos, armados de esta manera, sólo para defenderse, sin medios ni para causar heridas, ni para recibirlas, ni para levantarse si los abatían.[4] Lúculo, al ver a ciertos guerreros medos que formaban la primera línea del ejército de Tigranes, pesada e incómodamente armados, como en una prisión de hierro, fundó en este punto la opinión de que los derrotaría fácilmente, y empezó por ellos su ataque y su victoria.[5]




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