Los ensayos

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Por lo demás, Marcelino, hombre educado en las guerras romanas, observa minuciosamente el modo en que los partos se armaban, y lo observa mucho más en la medida que difería de la romana.[14] Tenían, dice, unas corazas tejidas como con pequeñas plumas, que no estorbaban el movimiento de los cuerpos. Y, sin embargo, eran tan fuertes que nuestros dardos rebotaban al golpearlas[15] —son las escamas que nuestros antepasados estaban muy acostumbrados a utilizar—. Y en otro sitio cuenta que poseían unos caballos fuertes y rudos, cubiertos de espeso cuero; y ellos estaban armados, de la cabeza a los pies, con gruesas lamas de hierro, ordenadas con tal arte que en el lugar de la articulación de los miembros cedían al movimiento. Se habría dicho que eran hombres de hierro, pues llevaban unos atavíos en la cabeza tan perfectamente ajustados y que reproducían tan al natural la forma y las partes de la cara, que no había manera de herirles sino por los pequeños orificios redondos que correspondían a los ojos, que dejaban pasar un poco de luz, y por las hendiduras que llevaban en el lugar de las narices, por donde respiraban con no poca dificultad:[16]

b | Flexilis, inductis animatur lamina membris,

horribilis uisu; credas simulacra moueri

ferrea, cognatoque uiros spirare metallo.

Par uestitus equis: ferrata fronte minantur,


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