Los ensayos
Los ensayos a | A mi modo de ver, los antiguos deberÃan haberse quejado aún más de quienes emparejababan a Plauto con Terencio —éste tiene muchas más trazas de gentilhombre—,[17] que a Lucrecio con Virgilio. A favor de la estima y preferencia de Terencio, c | pesa mucho que el padre de la elocuencia romana se lo lleve tantas veces a la boca, como único en su rango,[18] y la opinión que el primer juez de los poetas romanos brinda de su compañero.[19] a | Se me ha ocurrido a menudo que en nuestro tiempo quienes se dedican a componer comedias —como los italianos, que lo hacen con bastante fortuna—[20] emplean tres o cuatro asuntos de las de Terencio o Plauto para hacer una de las suyas. Amontonan en una sola comedia cinco o seis cuentos de Bocaccio. Los lleva a cargarse asà de materia que recelan de poder sostenerse con sus propias gracias. Necesitan encontrar un cuerpo en el que apoyarse; y, dado que con lo suyo no tienen bastante para retenernos, pretenden que nos entretenga el cuento. Con mi autor sucede justo lo contrario. Las perfecciones y las bellezas de su manera de decir nos hacen perder el gusto por el asunto; su elegancia y delicadeza nos retienen por todas partes; es en todo tan agradable,
Liquidus puroque simillimus amni,[21]
[Puro y semejante a un flujo lÃquido],
y nos llena tanto el alma con sus gracias, que nos olvidamos de las de la fábula.