Los ensayos

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He llegado hasta aquí a mis anchas. Pero, al término de este razonamiento, me viene a la cabeza que el alma de Sócrates, que es la más perfecta de la cual tengo noticia, sería, según esta consideración, un alma poco digna de alabanza, pues no puedo concebir en este personaje ningún impulso de viciosa concupiscencia. En el camino de su virtud, no puedo imaginar dificultad alguna ni coerción alguna; sé que su razón era tan poderosa y tan dominante en él que jamás le habría dejado a un deseo vicioso ni siquiera la posibilidad de surgir. A una virtud tan elevada como la suya, nada puedo enfrentarle. Me parece verla andar con paso victorioso y triunfante, con toda la pompa y a sus anchas, sin obstáculo ni estorbo. Si la virtud no puede brillar más que gracias al combate de los deseos contrarios, ¿diremos entonces que no puede arreglárselas sin la asistencia del vicio, y que le debe a éste gozar de autoridad y de honor? ¿Qué sería también de ese excelente y noble placer epicúreo que hace profesión de alimentar blandamente en su regazo, y de hacer retozar en él, a la virtud, dándole como juguetes la infamia, las fiebres, la pobreza, la muerte y las torturas? Si presupongo que la virtud perfecta se conoce en que combate y afronta pacientemente el dolor, en que resiste los ataques de gota sin perder la calma; si le doy como objeto necesario la dureza y la dificultad, ¿qué será de la virtud que se haya elevado hasta el punto no ya de desdeñar el dolor, sino de alegrarse con él y de complacerse en las punzadas de un fuerte cólico, como es aquella que los epicúreos han establecido, y de la cual muchos entre ellos nos han dejado con sus acciones certísimas pruebas? También lo han hecho muchos otros, que a mi entender han superado en efecto aun las reglas de su disciplina. La prueba está en Catón el Joven. Cuando le veo morir y desgarrarse las entrañas,[11] no puedo contentarme con creer simplemente que en ese momento tuvo el alma totalmente exenta de turbación y de miedo, no puedo creer que se limitó a mantenerse en la disposición que las reglas de la escuela estoica le prescribían, serena, sin emoción e impasible. En la virtud de este hombre había, me parece, demasiada gallardía y vigor para detenerse ahí. Creo sin duda alguna que sintió placer y gozo en una acción tan noble, y que se complació en ella más que en cualquiera otra de su vida. c | Sic abiit e uita ut causam moriendi nactum se esse gauderet[12] [Salió de la vida de tal manera que se alegraba de haber hallado un motivo para morir]. a | Lo creo hasta tal punto que tengo dudas de si habría querido que la ocasión de una hazaña tan bella le fuese arrebatada. Y si la bondad que le llevaba a abrazar los intereses públicos más que los suyos no me contuviera, caería fácilmente en la opinión de que agradecía a la fortuna haber sometido su virtud a tan hermosa prueba, y haber secundado a ese bandido para que pisoteara la antigua libertad de su patria.[13] Me parece leer en esa acción no sé qué regocijo de su alma, y una emoción de placer extraordinario y de gozo viril, cuando consideraba la nobleza y la elevación de su empresa:


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