Los ensayos
Los ensayos a | Así pues, la sencillez de esta muerte, y la facilidad que había adquirido merced a la fuerza de su alma, ¿diremos que deba rebajar en algo el lustre de su virtud? Y ¿a quién que tenga el cerebro siquiera un poco teñido por la verdadera filosofía puede bastarle imaginar a Sócrates simplemente libre de temor y de pasión en el infortunio de la cárcel, de los hierros y de la condena? Y ¿quién no reconoce en él no sólo firmeza y entereza —ésta era su disposición habitual—, sino también no sé qué nueva satisfacción y una alegría regocijada en sus últimas palabras y actitudes? c | Cuando se estremece por el placer que siente al rascarse la pierna una vez que le han quitado los hierros,[17] ¿no delata la misma dulzura y alegría en el alma por haberse librado de las incomodidades pasadas y estar a punto de conocer las cosas futuras? a | Catón me hará el favor de perdonarme; su muerte es más trágica y más intensa, pero ésta es, no sé cómo, todavía más hermosa. c | Aristipo dijo a quienes la lamentaban: «¡Que los dioses me envíen una así!».[18]