Los ensayos

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Para regresar a mi asunto,[40] compadezco con gran ternura las aflicciones de los demás, y lloraría fácilmente en su compañía, si fuera capaz de llorar por algún motivo. c | Nada tienta tanto mis lágrimas como las lágrimas, no sólo las verdaderas sino de cualquier clase, fingidas o pintadas. a | A los muertos apenas los compadezco, y más bien los envidiaría; pero compadezco muchísimo a los moribundos. Los salvajes no me ofenden tanto, al asar y comerse los cuerpos de los fallecidos, como aquellos que los atormentan y persiguen vivos.[41] Ni siquiera puedo ver con mirada firme los ajusticiamientos, por razonables que sean. Alguien, obligado a dar testimonio de la clemencia de Julio César, contó: «Era benévolo en sus venganzas; cuando forzó la rendición de los piratas que, tiempo atrás, le habían hecho prisionero e impuesto rescate, los condenó a la crucifixión, porque así los había amenazado, pero fue tras mandarlos estrangular». A Filemón, su secretario, que había querido envenenarle, no le castigó con otra violencia que la de la simple muerte.[42] Sin decir quién es el autor latino que osa aducir, como prueba de clemencia, limitarse a matar a aquellos de quienes se ha sufrido ofensa, es fácil adivinar que está bajo la impresión de los ejemplos abyectos y horribles de crueldad que los tiranos romanos convirtieron en costumbre.[43] En cuanto a mí, aun en la justicia, todo aquello que va más allá de la simple muerte, me parece pura crueldad, y especialmente en nosotros, que deberíamos preocuparnos por enviar las almas en buena situación; cosa imposible cuando se las ha agitado y desesperado con tormentos insoportables.[44]


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