Los ensayos

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c | Estos últimos días, un soldado prisionero, al advertir desde la torre donde se hallaba que el pueblo se reunía en la plaza y que unos carpinteros preparaban sus construcciones, creyó que la cosa iba por él. Resuelto a matarse, no encontró nada que pudiera auxiliarlo sino un viejo clavo herrumbroso de carreta que la fortuna le presentó. Con él se dio primero dos grandes golpes en torno a la garganta. Pero, viendo que no surtían efecto, un poco después se dio un tercero en el vientre, donde dejó el clavo hincado. El primer guardia que entró en el lugar donde estaba, le encontró en tal situación, todavía vivo, pero abatido y muy debilitado por los golpes. Para aprovechar el tiempo antes de que desfalleciera, se apresuraron a pronunciarle la sentencia. Una vez oída y dado que le condenaban sólo a cortarle la cabeza, pareció recobrar nuevos ánimos; aceptó el vino que había rehusado, dio las gracias a sus jueces por la inesperada benevolencia de su condena. Dijo que se había decidido a llamar a la muerte por miedo a una muerte más dura e insoportable, pues se había formado la opinión, por los preparativos que había visto hacer en la plaza, de que pretendían atormentarle con algún suplicio atroz; y pareció haberse librado de la muerte por haberla cambiado.




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