Los ensayos
Los ensayos a | El nudo que deberÃa atarnos el juicio y la voluntad, que deberÃa sujetarnos el alma y unirla a nuestro creador, deberÃa ser un nudo que obtuviera sus repliegues y sus fuerzas no de nuestras consideraciones, de nuestras razones y pasiones, sino de un lazo divino y sobrenatural, provisto solamente de una forma, un rostro y un aspecto, el de la autoridad de Dios y su gracia. Pero nuestro corazón y nuestra alma, regidos y mandados por la fe, es razonable que empleen, al servicio de su propósito, todos nuestros demás elementos según su alcance. Además, no es creÃble que toda esta máquina no contenga algunos signos impresos por la mano del gran arquitecto, y que no haya, en las cosas del mundo, ninguna imagen que represente en cierta medida al artÃfice que las ha construido y formado. Ha dejado en estas grandes obras el carácter de su divinidad, y sólo se debe a nuestra flaqueza que no podamos descubrirlo. Él mismo nos dice que nos manifiesta sus operaciones invisibles a través de las visibles.[41] Sibiuda ha puesto su empeño en este digno estudio, y nos muestra cómo no hay ninguna parte del mundo que desmienta a su artÃfice.[42] Que el universo no se acordara con nuestra creencia, serÃa ofender a la bondad divina. El cielo, la tierra, los elementos, nuestro cuerpo y nuestra alma, todas las cosas, conspiran en ello; el único requisito es descubrir la manera de emplearlos. Nos instruyen si somos capaces de entender. b | Este mundo, en efecto, es un santÃsimo templo en cuyo interior el hombre ha sido introducido para contemplar no unas estatuas forjadas por manos mortales, sino aquellas que el pensamiento divino ha hecho sensibles —el sol, las estrellas, las aguas y la tierra— para que nos representen las inteligibles.[43] a | Las cosas invisibles de Dios, dice san Pablo, se manifiestan mediante la creación del mundo, cuando consideramos su sabidurÃa eterna y su divinidad por sus obras.[44]