Los ensayos
Los ensayos a | Si la justicia es dar a cada cual aquello que le es debido, los animales que sirven, aman y defienden a sus benefactores, y que persiguen y atacan a los extraños y a quienes les maltratan, remedan de este modo cierto aire de nuestra justicia,[182] como también al mantener una igualdad muy ecuánime en el reparto de sus bienes entre sus cachorros. En cuanto a la amistad, la suya es incomparablemente más viva y más firme que la humana. Hircano, el perro del rey Lisímaco, a la muerte de su amo permaneció obstinadamente sobre su lecho sin querer beber ni comer; y cuando quemaron su cuerpo, acudió corriendo y se lanzó al fuego, donde se abrasó.[183] Hizo lo mismo el perro de un hombre llamado Pirro, pues, cuando éste murió, no se movió de encima de su cama, y cuando se lo llevaron, se dejó conducir junto a él, y finalmente se arrojó a la hoguera donde ardía su cuerpo.[184] Hay ciertas inclinaciones afectivas que a veces surgen en nosotros sin el consejo de la razón, procedentes de un impulso fortuito que otros llaman «simpatía». Los animales son tan capaces de ello como nosotros. Vemos cómo los caballos entablan cierta amistad entre sí, hasta el punto de que nos cuesta hacer que vivan o viajen separados. Vemos cómo aplican su afecto a determinado pelaje de sus compañeros, lo mismo que a determinado semblante, y que, cuando lo encuentran, se unen a él de inmediato con júbilo y muestras de benevolencia, y que acogen con disgusto y odio cierta otra forma. Los animales eligen como nosotros en sus amores y hacen cierta selección entre sus hembras. No se libran de nuestros celos ni de odios extremos e irreconciliables.