Los ensayos
Los ensayos Los deseos impropios, que la ignorancia del bien, y una falsa opinión, han deslizado en nosotros, son tan abundantes que expulsan a casi todos los naturales. Ni más ni menos que si en una ciudad hubiese tan gran número de extranjeros que echaran a sus habitantes naturales o acabasen con su antigua autoridad y poderÃo, usurpándola por completo y apoderándose de ella.[188] Los animales son mucho más ordenados que nosotros, y se contienen con más moderación dentro de los lÃmites que la naturaleza nos ha prescrito.[189] Pero no de manera tan estricta que no mantengan también cierta correspondencia con nuestro desenfreno. Y, asà como se han visto deseos furiosos que han empujado a los hombres a amar a los animales, también ellos se prendan a veces de amor por nosotros y acogen pasiones monstruosas entre especies distintas.[190] Lo prueba aquel elefante rival de Aristófanes el Gramático por el amor de una joven vendedora de flores en la ciudad de AlejandrÃa, que no le cedÃa en nada en cuanto a las obligaciones de un pretendiente muy apasionado. En efecto, cuando paseaba por el mercado de las frutas, tomaba algunas con la trompa y se las ofrecÃa. No la perdÃa de vista sino lo menos posible, y de vez en cuando le metÃa la trompa en el pecho por debajo del cuello y le tocaba los pezones.[191] Cuentan también de un dragón enamorado de una muchacha, y de una oca prendada de amor por un muchacho en la ciudad de Esopo, y de un carnero que pretendÃa a la música Glauca;[192] y cada dÃa vemos monos locos de amor por mujeres. Vemos también que ciertos animales se entregan al amor de los machos por su sexo.[193] Opiano y otros refieren algunos ejemplos para mostrar la reverencia que los animales tienen en sus matrimonios por el parentesco,[194] pero la experiencia nos hace ver con suma frecuencia lo contrario: