Los ensayos
Los ensayos En cuanto a la gratitud —pues me parece que tenemos necesidad de dar vigencia a esta palabra—,[216] bastará un solo ejemplo que Apión relata como si él mismo lo hubiese contemplado. Un dÃa, dice, que en Roma se brindaba al pueblo el placer del combate de numerosos animales extraños, y sobre todo de leones de inusitado tamaño, habÃa uno entre los demás que, por su porte furioso, por la fuerza y el grosor de sus miembros y por su rugido altivo y terrible, atraÃa la mirada de todos los asistentes. Uno de los esclavos que fueron ofrecidos al pueblo en este combate de animales fue un tal Androdo, de Dacia, que pertenecÃa a un señor romano de la clase consular. El león lo vio desde lejos y primero se detuvo en seco, como si se hubiese quedado admirado; luego, se acercó muy lentamente, de una manera mansa y apacible, como para reconocerlo. Hecho esto, y seguro de lo que buscaba, empezó a golpear con la cola como lo hacen los perros que lisonjean a su amo, y a besar y lamer las manos y los muslos del pobre miserable, que estaba completamente sobrecogido de horror y fuera de sÃ. Cuando Androdo recobró el ánimo por la benignidad del león, y calmó su mirada para examinarlo y reconocerlo, era un placer singular ver las caricias y fiestas que se hacÃan el uno al otro. Como el pueblo dio gritos de alborozo, el emperador hizo llamar al esclavo para oÃr de él la causa de tan extraño suceso. Le relató una historia nueva y admirable.